«IMPRECACIONES E INSULTOS»

   

Curiosamente los Parlamentos nunca o casi nunca se han detenido a legislar, poniendo límites a las palabras mas o menos ofensivas, procaces, insidiosas que puedan pronunciar sus componentes. Algo así como, «se prohibe que sus señorías utilicen adjetivos, como «estúpido», » imbécil», «maricón»,»cabrón» , aunque la significación o sentido no tengan un carácter ofensivo». Todo esto viene a cuenta por las expresiones lanzadas hace algunos días en el Parlament de Catalunya por unos diputados independentistas, en particular el diputado Lopez Tena, al afirmar de manera muy contundente que » España, nos roba»,»los españoles son una banda de mafiosos» o «expolio fiscal». Y tambien referirse con tono menospreciativo a la presidenta de la institución catalana, Nuria de Gispert,como «esa cosa».

 

Finalmente la presidenta ha dicho que en el marco de la libertad de expresión, han de caber estos desahogos tan efusivos, y que ella no es quién para descifrar el bien o el mal de aquellos adjetivos y en consecuencia, de limitar la libertad de expresión.

 De todos modos y puestos ya a abordar el asunto, la cuestión a dilucidar es la de si hemos de introducir un barrera o no, a los desmanes gramaticales o semánticos de nuestros diputados. Esto es, si vale decir las cosas como son, o si han de edulcorarse con calificativos que ya se entiendan, pero que no provoquen por su crudeza la inquietud de los compañeros de bancada o del mismo pueblo. Esto es,¿en politica, deben utilizarse las metáforas o en cambio, uno debe aplicar los sustantivos «desnudos», » al natural».?

 

Y ahi hay dos teorias. Una que defiende el uso de la palabra lisa y llana para que todo el mundo se entere y otra que apela al lenguaje de los signos, a las frases edulcoradas, a las verdades envueltas con papel de regalo.

 

Históricamente los Parlamentos han abogado por la primera teoría, con excepciones evidentes en el marco de la historia. Los parlamentarios en la segunda República española fueron en muchas ocasiones, acerados y malolientes en sus acusaciones lanzadas con rabia hacia el oponente. El político que hace el oficio de parlamentario seguro que debe decidir en cada ocasión, cuál es el lenguaje más apropiado que ha de producir los efectos requeridos en el bando contrario. Y a veces se tiene la debilidad de «decir a las cosas por su nombre», porque si no, se tiene la impresión de que los demás no se enteran; o no quieren enterarse.

 

Yo apelo a que se digan las cosas como son. Y que se mantenga una cierta contención del lenguaje. Y que aún cuando se esté convencido, de la estupidez y la ignorancia del contrario, no se le ofenda, diciéndole que es un zángano o un asno.

 

Porque si dejamos vía libre a nuestros instintos más primarios, nos vamos a destrozar.

Empezando por la palabra.

 

 

 

 

 

 

18 de diciembre de 2011



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