SOLIDARIDAD

 

Estos dos últimos días el asunto estrella ha sido el de la inmigración. O el de los “migrantes” como se les llama ahora, porque nos hemos comido lo de la “in” y nos hemos quedado con la sección final del sustantivo, apelando a que nos referimos a los que “migran”, esto es a los que huyen,a los que van o vienen desesperadamente, para encontrar una casa o un destino.

El otro día almorzando con amigos, alguien me preguntó que como veía esto de la llegada a la Unión Europea de tanta gente. Y le contesté, “la solidaridad tiene un limite.” Está claro que todos somos solidarios y queremos arreglar los males y las injusticias que aquejan a una gran parte de la humanidad. Pero la pregunta que nunca se hace y si se hiciera tendría difícil respuesta es la de si estamos dispuestos a asumir el coste ya sea colectivo o individual que ello supone. Es decir un coste en términos de bienestar de una sociedad que ha tenido que trabajar largos años para llegar al umbral de una mínima satisfacción en términos de renta y derechos sociales.

Porque, nos llenamos la boca de esta “solidaridad”pero con toda seguridad muy pocos estarían dispuestos a que el mal o bien llamado estado del bienestar quebrara o se viera seriamente afectado porque el número de “migrantes” desequilibrara las cuentas de la seguridad social o el déficit presupuestario previsto. Y por supuesto que esta circunstancia se notara o tuviera un efecto en el bolsillo del ciudadano.

Porque, no nos engañemos, el populismo ha llamado a las puertas de la UE por esta cuestión tan elemental o mejor tan esencial. El populismo dice que va a preservar” lo que ya se tiene “y la inmigración descontrolada pone en riesgo. ¿Es esto conservadurismo?.  Bueno, pues sí. Pero en esto de preservar el modo, la calidad de vida ganada con el trabajo de años, seguro que los ciudadanos están en mayoría. En absoluta mayoría. 

Aunque no se diga. Porque no queda bien y esto no se lleva ahora.

Pero es la realidad.

30 de junio de 2018



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