MAÑANA

 

Dicen que mañana, 14 de octubre, va a ser un día especial y el inicio de una intensa semana. A media mañana se espera la publicación de la sentencia del “procès”. He leído que más de quinientas páginas. Primero se entregará a los abogados de los acusados. Se utilizará “lexnet”, la herramienta digital de los tribunales para hacerla llegar a los letrados. El Tribunal Supremo ha querido cuidar todos los detalles. Huir de la improvisación en un asunto tan importante. Intentar que la sentencia tenga la menor contestación posible.

Pero el independentismo ya ha dicho que se acepta únicamente una sentencia absolutoria. Lo ha afirmado el propio presidente de la Generalitat, Quim Torra, en sede parlamentaria. Y ha añadido que si la sentencia tiene otro carácter, esto es condenatoria, la “desobediencia civil” ha de ser la respuesta. Porque esta desobediencia, es también un derecho de la ciudadanía.

Que desde el poder se anime a la desobediencia, no deja de constituir una novedad. Que además, la representación del Estado en Catalunya se pronuncie de manera palmaria contra el propio Estado y además se mencione como objetivo la República, no constituye una novedad, aunque pueda sorprender el silencio y la pasividad del ejecutivo ante tamaños despropósitos.

La sentencia no va a cambiar la situación. Tremendamente complicada. Mientras los partidos independentistas detenten la mayoría parlamentaria y el control del gobierno, manejando un presupuesto de miles de millones, no puede esperarse diálogo y menos un pacto que explícitamente congele referendum y autodeterminación. Imposible. Todo seguirá igual. O peor. Las condenas, mayores o menores, van a seguir alimentando el discurso de la “represión” y del combate contra el Estado. Es una necesidad de Esquerra Repúblicana y lo es tambien de Puigdemont, desde Waterloo. Lo fundamental es el relato. La tierra prometida. Que ha de llegar. Más pronto que tarde. Para que el ánimo, la ilusión, el sentimiento entre los fieles, no decaigan. 

Me pregunto si los catalanes nos merecemos todo lo que está sucediendo. Lo he dicho en otras ocasiones. Pero alguna responsabilidad tendremos en ello. La incapacidad de llegar a un mínimo entendimiento entre unos y otros. Ya sabemos que el fenómeno no es nuevo, y lo hemos repetido a lo largo de la historia. No hemos aprendido. Volvemos a estar en las mismas.  Como en el 31 con Macià y en el 34 con Companys. Muy triste. Como una especie de impotencia colectiva que nos paraliza y nos impide avanzar como un solo pueblo. A merced de falsos profetas y mesías.

¿El futuro?. Sí, voy a pensar que algún día esto cambie. No tengo otra alternativa.

 

 

 

13 de octubre de 2019



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