Archivo de diciembre de 2020



LA ECONOMÍA

Ya se que me vais a decir que ya está todo dicho. Que todo va a ir muy mal. Y que se avecina un año tremendo, también para olvidar. Que no hay solución.

¿Cierto? Pues depende. ¿Del Gobierno?. Pues, sí en gran parte. La actuación del sector público en épocas de crisis es fundamental. Y no es ninguna novedad. Que el Estado tiene que gastar más, para que la economía no se derrumbe, tiene mucho que ver con el sentido común. Y en cambio en este año que termina, el ejecutivo de Sánchez no ha hecho lo que debía.

En gran parte, yo pienso, porque muchos de sus ministros no creen demasiado en la iniciativa privada. En el motor de la creación de empleo que depende mayormente de la asunción de riesgo por parte de empresarios y autónomos.

Si este principio, el de la iniciativa privada, lo hubiera tenido muy interiorizado el gobierno, habría llegado a la conclusión, -ya cuando se produjo el primer confinamiento-, que la única alternativa existente para mantener la coyuntura era inyectar dinero, vía transferencias, a las empresas. Simplemente, con el fin de mantenerlas vivas. Y porque si se tomaba esta decisión, ello contribuiría a paliar una próxima crisis y a preservar que en un futuro más o menos cercano, estas empresas pudieran seguir pagando impuestos. Además las transferencias propiciaban también el que el consumo no quedara muy perjudicado por la pandemia. En definitiva se trataba que el papá Estado, procurara que el Covid 19 no hiciera un gran daño a la economía. Y que las transferencias, no eran en absoluto un regalo, que se hacía al sector privado, sino una medicina para que el paciente no desfalleciera, no dejara de existir.

Sí, recuerdo que se argumentaba que lo de las transferencias, bien. Pero no a las empresas «zombies». Pero esta afirmación tenía muy poco sentido. Porque una empresa que no mantiene una actividad regular durante unos meses, puede convertirse en «zombie». Porque la falta de liquidez no perdona. Aunque la empresa en condiciones de normalidad pueda ser perfectamente rentable.

Pues ahora cuando vamos a transitar por un nuevo año, sucederá más de lo mismo. Mientras las vacunas no cumplan con amplitud su cometido, la economía se irá tambaleando. A menos que el Estado asuma que las transferencias son inevitables. A menos que los responsables del gobierno que se ocupan de estos quehaceres, no entiendan que la única alternativa es hoy por hoy un mayor endeudamiento público. Y más, contando con el gran aliado que es el Banco Central europeo. ¿Que, cuánto dinero suplementario vamos a necesitar?. Contesto: del orden de cien mil millones, serían suficientes, si se repartieran, bien. Y esto al margen de los primeros veintitantos mil que vendrán de Bruselas. Con aquella suma tendríamos, para seguir tirando. Para frenar la sangría de la desaparición de empresas.

Me direis que lo que estoy diciendo es muy elemental. Que así, dando dinero, es fácil arreglar los problemas. Pues sí, pero hoy por hoy, es lo que hace falta.

Porque si no, ya me explicareis también, como se arregla el problema tan gordo que tenemos.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

UN AÑO PARA OLVIDAR

Realmente es así. No se me ocurre otra cosa. Deberíamos pasar del 2019 al 2021. Borrar del calendario el 2020. Aunque en realidad tampoco estamos demasiado seguros que lo que nos va a venir con el año nuevo, vaya a ser mejor que lo que acabamos de dejar. Por esto me cuesta tanto desear un «feliz año nuevo». Porque muy feliz no sé si lo va a ser.

Ya se dice que estamos saliendo del túnel. O que ya se ve la luz al final de tanta obscuridad. No sé. La realidad es que después de una temporada de confinamiento, en que todos asumimos que teníamos que quedarnos en casa, había llegado a la conclusión,- a todas luces precipitada-, que la pesadilla se había terminado. Que como un simple, un elemental virus de la gripe, el Covid también se iba a ir, iba a desaparecer como lo hace habitualmente, año tras año, el de la gripe. Pero no fue así. Y mi más o menos moderado optimismo, -en primavera, a principios de verano,- se ha tornado en un pesimismo, alentado por las cifras de contagios que invaden las pantallas de televisión a diario.

Y así, poco a poco, para que no nos asalte una cierta zozobra, nos han dicho que teníamos que acostumbrarnos a convivir con el virus. Y que éste podía quedarse entre nosotros, años y años. ¿Cierto?. Pues, no se. Me resisto a creer que tendremos que seguir soportando esta desgracia. Que el virus venga a formar parte de nuestras vidas. Sin habérselo pedido. Sin consultarnos. Y que además nos esté complicando tanto la existencia. Aparte naturalmente de las otras dificultades que comporta la propia convivencia humana.

Por esto contemplo también la llegada de la vacuna con un cierto escepticismo. Una vacuna que viene del frío. Que ha de quedar almacenada en los contornos de un frío más que siberiano. Y que si llega a atemperarse, ya no va a servir de nada. Claro que esta primera vacuna, es solamente la antesala de otras que se anuncian más agradables y digeribles. Además el ministro de sanidad, ya ha dicho, que habría «vacunas de sobra», como quien habla de abastecer a un mercado de frutas y verduras.

Total, ¿ como queréis que me encuentre?. Pues en la incertidumbre más absoluta. Mejor no pensar en el futuro. Y vivir con la mayor intensidad el presente. Día a día. Porque el futuro es hoy el presente. El presente es lo que tenemos, lo que es nuestro, lo que podemos manejar, lo que podemos apurar y disponer a voluntad. El mañana ya es otra cosa. El virus nos ha enseñado mucho acerca de nuestra enorme, de nuestra tremenda fragilidad.

Y termino. Con la esperanza que el año que viene, nos permita, por lo menos seguir viviendo.

Y si es posible, como lo hacíamos antes. Con la llamada «vieja normalidad». Con ésta me conformo.

domingo, 27 de diciembre de 2020