«SALVEDADES»

Esta semana nos hemos desayunado con la noticia de que en China puede producirse una pandemia financiera importante. La inmobiliaria Evergrande debe a sus acreedores más de 300.000 millones de euros y posiblemente tendrá que ir al concurso de acreedores.

Pero lo notable de la historia es que la auditora, una de las grandes, PwC,- Price WaterhouseCoopers-, hasta esta fecha, verificando los balances y cuentas de resultados de la inmobiliaria, nunca ha expresado dudas o reticencias acerca de la salud económica del grupo. Esto es, la auditora se ha pronunciado «sin salvedades» sin condicionamiento alguno que pudiera limitar el desarrollo o la supervivencia futura de la sociedad.

¿Y cómo puede haber sido ello posible?. Claro que las auditorías a lo largo de los años han tratado de perfilar muy y mucho, los criterios, el lenguaje utilizados a fin de deslindar la responsabilidad del auditor del propio administrador o consejero de la sociedad. Y así se ha utilizado y se sigue utilizando un lenguaje críptico, para iniciados, precisamente para cuidar que algún día no se pueda perseguir al auditor firmante por las actuaciones realizadas.

Pero por mucho que se haya intentado salvar las responsabilidades en el trabajo del auditor, éstas están ahí. Los riesgos no pueden evitarse en su plenitud. Y cuando se sentencia que los números de Evergrande no han de generar nervios ni inquietud alguna, la responsabilidad que se contrae es irrenunciable.

El problema para la empresa, -Evergrande- y para el auditor -PwC- era la de explicar la realidad. Una realidad vinculada al mercado inmobiliario chino, al peculiar funcionamiento del mismo, a los instrumentos financieros utilizados, a los generosos intereses pactados y a la capacidad de que el negocio pudiera seguir amortizando el enorme endeudamiento existente. Una actividad que solamente podía evolucionar favorablemente si los parámetros de la coyuntura del país, se mantenían con todo el viento a favor. A PwC le correspondía alertar primero a los ejecutivos de Evergrande de los peligros que la estructura del balance podía suponer para el futuro, de la necesidad de restringir o limitar progresivamente su actividad y naturalmente en función de las impresiones recibidas, dar cuenta de ello en los informes de auditoría. Ni más ni menos. Porque ésta es también la función del auditor.

Porque los inversores apuestan por las empresas con auditorías «sin salvedades», en la confianza de que ello es sinónimo de salud financiera y de un futuro con menos incertidumbres.

Comprendo la dificultad de la auditora que cobra mucho dinero por los trabajos de auditoria y otros de asesoría por reflejar en los informes la verdad de lo que sucede. Y más cuando ello pone en riesgo las oportunidades de la propia empresa auditada.

Pero para esto sirve la auditoría. Sino es para esto, ¿Para qué entonces?

25 de septiembre de 2021



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